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domingo, 18 de noviembre de 2012

►El arte de corregir




El arte de educar comporta el arte difícil de corregir. Este comentario será una aproximación valorada al caso en el que un niño falta a su deber y levanta la mirada hacia sus padres. ¿Cómo corregir? ¿Qué decirle? Las circunstancias son irrepetibles como las personas, pero semejantes. Sin agotar el tema, se expondrán los principios generales que respeten el libre y fructífero ejercicio de la autoridad moral de todo padre.



I. EL NIÑO HA FALTADO. Análisis de su actitud



El niño-adolescente, en su evolución y enfrentamiento con las situaciones de la vida, tarde o temprano experimenta el dulce vértigo de las faltas: riñas, mentiras, pérdidas de tiempo, etc. En este primer estudio situémonos en el interior de un niño, culpable de infringir una falta cualquiera. Supongamos el caso de que ha mentido diciendo que "no encontraba sus tenis" para librarse la clase de educación física:



Caben tres posturas posibles en el niño:

1ª El niño es verdaderamente honesto. Dará marcha atrás y expondrá espontáneamente y arrepentido la verdad. Es probable.
2ª El niño posee un mínimo de honestidad, su conciencia le echa en cara la falta, pero no se siente seguro para declarar su falta. Muy probable.
3ª El niño carece de ese mínimo natural de honestidad. Nada probable.


De cualquier manera, le es difícil dar el primer paso hacia el reconocimiento de la verdad y de su falta. En este proceso el papel de los padres es esencial. Sin pretensiones filosóficas, el niño intuye que "toda causa produce un efecto". En su lenguaje son los binomios: "falta-castigo", "buena acción- premio". Sin conocer la reparación merecida, tiene por cierta la necesidad de ésta, aunque no la acepte porque es nota común el miedo al castigo que influye en su ánimo más fuertemente que en el adulto(Cfr. MARCOZZI Vittorio, Psicología antropológica, II Parte IV, Roma PUG, 1974, p. 59).



Tras la falta esperará entonces o sufrir resignadamente cuanto pueda venir, o atenuarla lo más posible justificándose, o buscar la manera de sepultar todo rastro de culpabilidad. Queda siempre en pie actitud ejemplar de esos niños sinceros que "dan el primer paso" y buscan reparar sus faltas, sin embargo aquí analizamos los casos conflictivos.




II. EL MOMENTO DE LA CORRECCIÓN. 



Inevitablemente "nada hay oculto que no llegue a saberse" (Lc 17, 37). El niño enfrentado a sus hechos puede aún negarlos: "Los tenis estaban en la mochila pero no los vi". Es el padre quien ahora puede guiar hacia la opción por el bien.



Toda la psicología del niño apunta inconscientemente en este encuentro padre-hijo al análisis minucioso de las palabras que escuche y de la actitud que observe hacia él. Si el chico se da cuenta de que su padre es inexperto podría pasarse de la raya en los primeros contactos y armar un pequeño alboroto a cambio de informarse hasta dónde llega su energía y mal humor (Cfr. ANTOÑANA Héctor, Entre chicos por primera vez, "La esfinge", Ed. Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao 1961, p. 18). La gran pedagogía del padre fracasa o triunfa en estos momentos de cruce forzoso. El padre que sin más le riñe o se enfada, empaña la justicia de sus palabras por muy rectas que se supongan y abre distancias innecesarias con perjuicio de la confianza mutua (Ibid. p. 48). Si la actitud del niño logra romper la serenidad del padre, éste se dejará guiar más por su actitud airada que por la reflexión sobre los hechos (Cfr. CANALS JUAN, San Juan Bosco -Obras fundamentales-, II,6, Madrid BAC 1978, p. 599). Pero si en su corazón arde el anhelo de cumplir con su misión sublime de padre, tenderá a superar la circunstancia e indagar la razón que movió al niño para obrar así y llegar incluso a mentir. En la poca sumisión del niño sus padres lamentablemente llevan buena parte de culpa. ¿Ese niño ha mentido porque está enfermo y no se le ha atendido? ¿porque no sabe jugar y nadie se ha preocupado de enseñarle? ¿porque algún compañero habitualmente le gasta bromas pesadas en y nadie lo remedia? ¿porque guarda una secreta preocupación familiar y no ha encontrado la confianza necesaria para comunicarla? ¿o simplemente por desprecio a la autoridad que se ha hecho temer a base de amenazas y que no ha logrado ningún aprecio de su parte? Absurdo sería pensar que la razón es el deseo de ser castigado. No faltan padres que desgraciadamente así lo creen: "Tú los has querido..." y aplican la sanción.



III. PASOS PRUDENTES EN LA CORRECCION



Convendrá ahora perfilar las pautas más prudentes del comportamiento del padre coherente con su misión. Al hecho real del niño respetuoso, sincero, sumiso en la corrección, precede el llamado "sistema preventivo" expuesto por el maestro de los educadores, san Juan Bosco. Aquí analizamos al niño difícil que tropieza con mayor o menor deliberación.



Este niño culpable debería sentirse envuelto por la mirada del formador y sentir antes en su interior, por el lenguaje sugestivo de las impresiones, que en sus oídos, el reproche de su falta de honradez. Si ve que su falta no altera la ecuanimidad, ponderación y actitud razonable de su padre, aceptará con mayor agrado la llamada de atención valorando que no nace de una pasión herida o de un mero formulismo. Muy lejos quedaría la condescendencia ingenua del padre con la falta del niño. Si ésta existe, corresponderá, según su gravedad, una reparación. El arte es presentarla como medicina saludable, más aún, el hacerla desear y suscitarla automáticamente.



Los padres apelará a la nobleza del niño en quien confía, pero de la que se recogen frutos indeseados. Esta reflexión golpea interiormente al niño y hasta lo desconcierta. Considérese que "para los niños es castigo lo que se hace pasar por tal y se ha observado que una mirada no cariñosa en algunos produce más efecto que un bofetón" (Ibid. p. 566).



Con certeza absoluta, el niño distingue entre el padre genuino, volcado cordialmente sobre cada alumno, y el "asalariado", vigía frío de una disciplina que nunca consigue. Hacia éstos, los niños experimentan una repulsa interior en ocasiones cruel. Quien desea ser un buen padre da por tanto el primer paso de hacer sentir, sin asomo de pasión, el rechazo absoluto de la falta y la confianza en que el trasgresor tendrá la capacidad de corregirse. Esta actitud coloca al padre en el camino adecuado para dictar la sentencia justa. Para ello, buscará el momento más oportuno. Los frutos son escasos cuando el castigo cae como un rayo en el mismo instante de haber cometido la falta. Se corre el riesgo de que el niño se cierre herméticamente no estando dispuesto a confesar su culpa ni a sofocar la pasión. Conviene darle tiempo para reflexionar (Ibid. p. 601).



Si no ha existido la sanción irrevocable que "frustra el deseo de reparación" (Cfr. COURTOIS Gaston, El secreto del mando, IV, Ed. Atenas, Madrid 1959, p. 101) y el niño abriga "esperanza de perdón" (Cfr. CANALS JUAN, San Juan Bosco -Obras fundamentales-, II,6, Madrid BAC 1978, p. 604), al padre bastará conducir la reflexión del niño sobre sus hechos. El niño mismo, ayudado, encontrará la respuesta y se sentirá impulsado a reparar. La gratitud hacia el padre brota natural y con ella la veneración por la autoridad, que ya no se teme, ni se prueba, sino se ama.



CONCLUSIÓN



En resumen, cito textualmente un pensamiento del P. Courtois. Condensa con transparencia el ideal expuesto en el arte difícil de corregir:



"Si verdaderamente poseéis autoridad, no tendréis apenas necesidad de castigar: un simple fruncido de cejas o una mirada un poco severa será suficiente para llamar la atención al orden, y si el niño os tiene cariño, el sentimiento de haberos dado pesar o de haberos descontentado le hará comprender que ha faltado a su deber y ése será el más eficaz de los castigos" (Cfr. COURTOIS Gaston, El secreto del mando, IV, Ed. Atenas, Madrid 1959, p. 101)



Por  Álvaro Correa 

sábado, 9 de junio de 2012

LA EDUCACION DE LOS HIJOS COMO TAREA





Si la razón por la empiezas a leer el artículo es la necesidad de disponer un amplio catálogo de recetas que solucionen las dificultades que tienes en tu familia (de respeto, rendimiento académico, lealtad, etc.), te adelanto que no encontrarás la solución a tu problema, y digo problema porque indica que la situación es tan desesperada que buscas la solución donde no está.

Para centrar la cuestión, es bueno situarse en el punto de partida adecuado, que es preguntarse qué significa educar . La respuesta es simple y animante, conseguir que los hijos sean felices, es decir libres, no atados a pasiones y defectos, y que sepan elegir bien, que no siempre coincide con lo satisfactorio.

Por otra parte hay que recordar que la paternidad es una tarea, una vocación y por lo tanto no es sólo una situación. Como consecuencia hay una responsabilidad y unas funciones que ejercitar.

En esa tarea de educar en lo bueno, se necesita una formación continua por parte de los padres, pues las influencias externas a la familia no aportan ideales que ayuden la labor. La coherencia es el otro elemento necesario por la ejemplaridad y sobre todo porque aporta un estilo de vida que forma en el terreno de los hábitos.

Una educación eficaz necesita asentarse en la libertad y el respeto a cada persona. Lo impuesto se acata pero acaba por no vivirse cuando desaparece la presión. Es la mejor defensa frente a las influencias externas que tratan de manipular.

El amor profundo, es una de las señas más fuertes de la familia, que se da de forma muy natural, pero que también se construye ya que el egoísmo personal es uno de los enemigos más directos.

El conocimiento de los hijos exige tiempo, interés y confianza mutua. Esto permite anticiparse a los problemas pero también demanda roce, comprensión, respeto y paciencia.

La autoridad está asentada en la unidad de los padres y es un aspecto que se gana ejerciéndola en lo sencillo. Se tiene o no se tiene, pero no se impone. Aprender a obedecer también es un hábito que hay que desarrollar. La prudencia nos indica lo que hay que corregir de inmediato y lo que hay que dejar para otro momento.

Para terminar, el conocimiento de los hijos nos indica lo que es más oportuno en los momentos de crisis.

PADRES ¡NO CLAUDIQUÉIS EN LA EDUCACIÓN SEXUAL DE VUESTROS HIJOS!




Nadie duda, y los padres somos conscientes de ello, que la sexualidad es una parte muy importante de la vida del ser humano que no podemos ignorar. De ahí que los padres debemos poner todos los medios a nuestro alcance para encontrar, y poner en práctica, el autentico y más adecuado programa de educación sexual.

¡MANOS A LA OBRA YA!

          En los últimos años, la preocupación de los padres, abrumados por las innumerables publicaciones de educación sexual que reducen todo al puro placer, ha ido en aumento.

          Necesitamos un programa de educación claro, verdadero y completo; gradual y equilibrado. Con una visión de la sexualidad integral e integradora, conforme a los principios antropológicos fundamentales de la naturaleza y la dignidad de la persona humana.

          Un programa que enriquezca las facultades del hombre –inteligencia y voluntad–, y que nos capacite en el desarrollo libre, razonado e integral de nuestra personalidad al servicio de una sexualidad sana y responsable.

          Dicho esto, y bajo el amparo no solo de la legislación española, sino también de la jurisprudencia europea, los padres no debemos claudicar de nuestras libertades y derechos avalados por la Constitución, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Carta Europea de los Derechos del Niño.

          Hablamos de un derecho pero también de una responsabilidad que son prioritarios intransferibles, innegociables, indelegables e insustituibles. Por lo tanto, los padres tenemos la obligación de ejercer nuestro derecho y nuestra responsabilidad en la educación de la sexualidad: Son las manos infinitamente cuidadosas de los padres, y no ningunas otras, por sabias que sean, las que tienen la máxima eficacia para llevar a cabo la iniciación sexual (Dr. Marañón).

          A pesar de que muchos padres se sientan confusos ante esta responsabilidad, no pueden dudar de su privilegiada capacidad de amar, conocer y comprender las necesidades en el desarrollo armónico y equilibrado de sus hijos, incluida, la dimensión humana de la sexualidad. En efecto, los padres, movidos por el amor, el cariño y la comprensión por cada uno de sus hijos, son los protagonistas principales, irreemplazables, necesarios y los más adecuados protagonistas en su educación integral.

“ESTAMOS EN FAMILIA…”

          La familia es el ámbito natural y más apropiado para el desarrollo de la personalidad, el espacio privilegiado donde, en un ambiente de amor y confianza, pueden plantearse sin traumas los interrogantes sobre la sexualidad. Los primeros años en familia, y la manera en que el niño los interpreta, contribuyen a la formación de actitudes, valores y comportamientos que tienden a persistir durante la vida adulta.

          Es verdad que la familia no es la única fuerza modeladora en la vida de un niño: el colegio, los amigos y las instituciones de enseñanza superior, a lo que podríamos añadir lasnormas y costumbres que profanan el verdadero significado de la sexualidad y que son alentadas por los medios de comunicación como televisión, internet, videos, películas, libros y revistas, también influyen en las actitudes y valores. Pero como acertadamente dijo Mercedes Arzú de Wilson, nada tiene mayor impacto en un niño que su experiencia familiar.

          De ahí la importancia de la libertad de los padres a la hora de elegir un centro educativo acorde a sus convicciones, preferencias morales, religiosas, filosóficas y pedagógicas, como señala el art.14 de la Declaración de Derechos fundamentales de la Unión Europea.

          Padres y profesores deben estar coordinados en el proyecto y finalidad de la tarea educativa. Porque los educadores, llamados a formar personas con su quehacer profesional, pueden articular un programa de formación que ofrezca valores y criterios sólidos de discernimiento para orientar el comportamiento humano responsable en este campo.

EL PAPEL DEL ESTADO

          La dejación de estos derechos y responsabilidades de los padres, por ignorancia, comodidad y, muchas veces, por ingenuidad, deja la puerta abierta a una invasión del Estado en la tarea educativa de nuestros hijos.

          Un asedio, institucional y obligatorio, que pretende secuestrar la conciencia y las actitudes de nuestros hijos, cuestionando las convicciones morales, religiosas, y afectivas de las familias, con un único objetivo: introducir una nueva concepción del hombre y de la dimensión humana de la sexualidad con la que poder manipular las mentes de nuestros hijos e imponer su doctrina.

          Los padres, como primeros y principales educadores de nuestros hijos, no podemos permitir esta usurpación de derechos. Es más, es nuestra responsabilidad encontrar soluciones lo más inmediatas posibles, para recuperar, mediante la educación y el ejemplo, los auténticos valores éticos y morales que ensalcen la dignidad de la persona humana.

¿QUÉ PODEMOS HACER?

          ¿Cómo hablar con nuestros hijos del arte de un amor auténtico? ¿Cuándo es el momento oportuno para resolver sus inquietudes? ¿En qué objetivos vamos a centrar nuestras propuestas es eficaz: la espera, el respeto del otro, la madurez, el amor verdadero,….? ¿Cómo ayudarles a prevenir todas aquellas situaciones que puedan perjudicar su desarrollo personal?

          En el tema de la educación de la sexualidad, como sucede cuando se aprende a leer, escribir, o incluso a comer, se necesita un cierto entrenamiento gradual e integral. Si no educamos nuestras emociones y sentimientos, nuestros deseos y apetencias; si no educamos nuestra capacidad de amar, nuestro carácter, nuestras miradas o gestos, en una relación de libertad, respeto, autodominio y entrega, estaremos reduciendo nuestro cuerpo y el de los demás, la grandeza de la sexualidad y nuestra capacidad de amar, a un mero trámite en el que los instintos gobiernan nuestro corazón, en lugar de ser al contrario.

          De ahí, la importancia de una educación que ponga las bases del amor humano y verdadero desde el momento que surge la primera chispa que atrae a dos personas, pasando por el sentimiento profundo de satisfacción de estar con el otro (qué bien me siento contigo), hasta llegar al verdadero amor que apunta a descubrir la totalidad del otro y buscar su bienestar, su felicidad y la posibilidad de formar entre ambos un vínculo, una relación muy profunda (siempre te volvería a escoger a ti y solo a ti). En definitiva: una educación en valores que ayude a redescubrir el único camino que nos llevará a la felicidad personal y comunitaria.

          No nos dejemos arrastrar por el pesimismo y la indiferencia. No es tarea fácil y lo sabemos. Pero, si la escalera no está apoyada en la pared correcta, cada peldaño que subimos es un paso más hacia un lugar equivocado (Stephen Covey).

¿CÓMO LO PODEMOS HACER?

          Seamos honestos, claros y veraces en nuestras conversaciones y actitudes. De esta manera, nuestros hijos no solo nos respetarán como autoridad a seguir, sino que confiarán en nuestro consejo sobre sexo, valores y relaciones sanas. Demostrémosles que no se trata de una cuestión tabú, y que pueden acudir a nosotros para consultar sus legítimas dudas.

          Debemos tratar de promover una cultura de la vida y del amor basada en unos valores éticos y morales, que son la razón de ser de la dignidad y el respeto del ser humano y promover, asimismo, el respeto al derecho a la vida y a la integridad moral y física.

          Para ello, los padres debemos buscar tiempo para la educación y el cuidado de nuestros hijos, para que se sientan amados y aceptados en la familia, para charlar, divertirnos, compartir alegrías y penas, cuidarlos y que nos cuiden, ayudarnos, comprendernos…en definitiva, para dar y darse. Las comidas familiares son un buen momento para conversar y conocer en profundidad a nuestros hijos, los cuales han de sentir que son importantes para sus padres.

          Hemos de hablarles de la libertad – compromiso – felicidad - reciprocidad del amor (relación de ida y vuelta), hacerles crecer en responsabilidad y autoestima, fomentar el valor de solidaridad que les obligue a salir de sí y a compartir. Para todo ello es de extrema importancia el ejemplo de los padres; fortaleza, audacia, unidad de vida, coherencia, hacerles atractivo el amor.

          Pongamos especial interés en educar  el maravilloso valor de la amistad. Abrir las puertas de tu casa a los amigos de tus hijos para estudiar, jugar, hacer fiestas,…. Hacer hincapié en las relaciones desinteresadas: no vales por lo que tienes sino por lo que eres.

          No nos olvidemos de incidir en la importancia  de la intimidad y el pudor. Hacerles comprender que hay que evitar extravagancias, vulgaridades y exhibiciones que puedan molestar a los demás.

          Dialogar, dialogar y dialogar. Poner los medios para que sus hijos adolescentes cuenten con ustedes y no con cualquier persona e informarles adecuadamente de las enfermedades de transmisión sexual. Explicarles la diferencia entre amor y emoción, la anticoncepción, las mentiras del sexo seguro, la teoría de género… Enseñarles que para amar hay que conocerse y tratarse.

          Debemos enseñarles cómo y por qué decir  que no. Transmitirles de forma clara el respeto de uno mismo y el autocontrol. Hacerles comprender la verdad y el significado de la sexualidad: hombre y mujer son diferentes y complementarios, el nacimiento de los hijos es un regalo lleno de responsabilidad…

          Tratemos de prevenir los contenidos televisivos perniciosos, enseñándoles a ver unatelevisión de calidad y fomentando un espíritu crítico ante la programación, además de inculcarles un uso moderado de la misma.

          Conviene educar a nuestros hijos en  el buen uso de las nuevas tecnologías(NNTT), que no solo sirven para estar en contacto, para hacer nuevos amigos, para buscar información, escuchar música y en general, para desarrollar su propia cultura, sino para mejorar las relaciones personales, familiares y sociales. Para ello, tenemos la obligación de conocerlas y saber manejarlas. Como dicen por la red, el problema no es la máquina sino el hombre que la usa. Todo depende del tiempo que se dedique y la capacidad crítica que se ejerza a la hora de saber situarlas en su justo lugar.

          Nunca debemos olvidarnos de respetar  su libertad: Debemos encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina estando siempre atentos a ayudarles a corregir ideas y decisiones equivocadas. En cambio, lo que nunca debemos hacer es secundarlos en sus errores, fingir que no los vemos o, peor aún, que los compartimos como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.

          Considero fundamental saber tomarse  la vida con buen humor, no asustarse nunca ante los comentarios y preguntas de nuestros hijos. Saber mantener a cierta distancia los problemas que se nos presentan, máxime cuando estos sean de gran calado, cuidándonos de que no nos atrape en sus redes la tristeza, la desesperación, el miedo e incluso, la depresión.

          El amor no es cosa que se aprenda, ¡y, sin embargo, no hay nada que sea más necesario enseñar! (Juan Pablo II).

Estudios Arvo

sábado, 19 de mayo de 2012

BIENVENIDOS

Buenos días. Nuestro propósito es informarlos a través de este medio y continuar la obra de evangelización a la que hemos sido convocados por gracia de Dios.
Los invitamos a leer y reflexionar a través de la lectura que a continuación compartimos esperando sea de bendición.

¿Respetan nuestros hijos a los Profesores?


A1 hacer una encuesta entre adolescentes sobre "¿Qué entienden por tener respeto a los profesores?", las respuestas más frecuentes son: "Reconocer que el profesor es un adulto", "Saber que no es igual a ti", "Que le tienes que hablar de usted", "Entender que en el colegio cada uno tiene un rol diferente", "Prestar atención cuando explican la materia y cuando te hablan", etc., etc. Pero, ¿quién les enseña a respetar a sus profesores?

Cada vez se escuchan más casos de alumnos que han insultado, humillado o incluso pegado a sus profesores. Antes esto era impensable puesto que, aunque no aguantaran al profesor, sí tenían un respeto hacia él. Pero el problema no radica exclusivamente en los colegios, sino que el respeto hacia los demás se enseña en casa.

El respeto se educa en casa

El primer lugar donde los hijos aprenden lo que es el respeto es en los propios hogares. Desde bien pequeños se les debe enseñar a respetar a sus padres: no permitir contestaciones, pedir siempre perdón cuando su comportamiento lo requiera, saber que sus actos negativos tienen como consecuencia un castigo adecuado, etc. Así, deben tratar con respeto a sus hermanos, a los abuelos, a los tíos, a la persona que nos ayude en casa, al conserje del edificio, a la dependienta del supermercado, etc.

Los hijos deben interiorizar desde la infancia que a todas las personas se les debe un respeto por su dignidad como seres humanos, diferente a la autoridad que cada uno emane por el cargo que ocupe dentro de la comunidad. De este modo, al llegar a la adolescencia sabrán tratar con la educación que se merecen aquellos que les rodean, incluidos los profesores.

Ser autoridad y tener autoridad

En este sentido, les inculcaremos que existe una jerarquía de valores en el trato que dispensamos a los demás, diferenciando el modo de comportarnos con un amigo (le tuteamos), con la cajera del supermercado, el policía de tráfico, con el profesor en el aula, el director del colegio o una autoridad del Gobierno. Aunque debemos ser respetuosos con todo el mundo, el cargo que cada persona ocupa dentro de la sociedad le otorga una autoridad diferente que debemos conocer, reconocer y valorar.

En este orden de cosas, en nuestra tarea de apoyar la labor del colegio, los padres nunca debemos hablar mal de los profesores de nuestros hijos. La actitud proteccionista que en ocasiones, quizá de manera inconsciente, tenemos con nuestros hijos, no hace más que convertirlos en seres inseguros y poco objetivos a la hora de afrontar sus responsabilidades. Y al contrario, una buena base educativa en la familia les ayuda a integrarse mejor en la vida escolar: saber autocontrolarse y tener una disciplina en la que el respeto hacia los demás les ayude a ser niños más maduros.

Así, debemos explicar a los hijos que en primer lugar le deben un respeto al profesor por ser autoridad en el aula, independientemente que éste sepa ganársela o no, es decir, que tenga autoridad.

Conceptos de fondo

Los padres debemos desde casa inculcar una serie de ideas base para que nuestros hijos sepan lo que significa el respeto a sus profesores:

1. El respeto es una norma cívica

2. En todo trabajo hay alguien superior a quien por su posición se debe un respeto por cargo. En el estudiante es el profesor.

3. Como ocurre en toda relación social, no toda persona va a ser de tu agrado, es lo que normalmente se dice "me cae bien o mal". Pero ello, no es motivo para faltar al respeto como persona al profesor "que no te cae bien" y tampoco para dejar de lado la asignatura que éste imparte.

4. Como toda persona, el profesor puede equivocarse. A estas edades debe ser el propio alumno quien solucione cualquier discrepancia; eso sí, con la educación y respeto debido.

5. Como padres no debemos manifestar ante nuestro hijo esos fallos que observemos en el profesor. Lo mejor es decir al hijo que es necesario conocer las dos versiones. Por eso, procuraremos hablar con dicho profesor, antes de defender "a capa y espada" a nuestro hijo. E incluso, aun teniendo razón el hijo, le indicaremos que lo solucione con el profesor.

6. Ante un castigo determinado por un profesor, estemos de acuerdo o no con él, nuestro hijo debe cumplirlo, siempre que no atente contra su dignidad.

7. Esto se extiende a cualquier determinación normativa de carácter colegial. Se debe aceptar las normativas existentes en el colegio de nuestros hijos, siempre que no afecte a principios básicos.

8. A estas edades el ejercicio educativo fundamentalmente debe basarse en la reflexión por parte del hijo, para que interiorice y haga suyo aquello que se le indica. 9. Como reflexión nuestra y de ellos, vale esta cita de Johann Wolfgang von Goethe: "Es fácil temer, pero penoso; respetar es difícil, pero más dulce".

10. Nuestro ejemplo siempre es importante. Deben ver que luchamos y nos esforzamos por ser respetuosos con todos: no criticar, respetar las diferentes opiniones, etc.

Castigos adecuados

En casa los hijos tienen que vivir el respeto por los demás y el faltar a éste siempre debe traer consigo una consecuencia negativa para quien lo vulnere. Por supuesto, el castigo debe conocerse de antemano, no se puede sancionar sin previo aviso. Asimismo, esta serie de medidas tienen que ser educativas, pues no se trata de que nuestros hijos se comporten de una determinada manera por temor al castigo exclusivamente, sino que comprendan la razón por la que les exigimos un modo de comportarse.

Una primera acción, que no castigo, es saber pedir perdón a la persona a la que se ha faltado, incluso ante situaciones en las que uno crea que ha sido injustamente tratado. Nos cuesta más pedir perdón que perdonar.

Si en casa saben lo que es el respeto y que no vivirlo conlleva unas consecuencias negativas, no les resultará extraño aplicar este comportamiento en el colegio. Por nuestra parte, en caso de que nuestro hijo sea castigado en el aula debemos apoyar la sanción del colegio e incluso darle una continuidad en casa y, si es posible, ponernos en contacto con el tutor o profesor para acordarlas medidas oportunas.

El castigo siempre debe adecuarse a las circunstancias concretas. Por ejemplo: si falta al respeto ante un amigo, podemos castigarle no acudiendo a determinados planes previstos durante un tiempo; si se produce mientras practica un deporte, podemos acordar con el entrenador que en el próximo partido acudirá pero "chupará" banquillo -si esto no perjudica al equipo-; o si se produce en casa, le podemos negar algunas actividades, de acuerdo con la gravedad de la acción, etc. 

Para pensar …

- Debemos explicar a nuestros hijos que cuando surjan risitas en clase entre los compañeros; no sean ellos los que sigan con este juego. Supone una falta de respeto hacia el profesor, aunque directamente no se estén burlando de éste.

- Un modo de mostrar respeto hacia los profesores es procurar estar en silencio cuando entra en clase y animar a callarse al resto de compañeros.

- No debemos seguir la corriente a los hijos cuando nos hablen de malos modos de algún profesor: Es diferente que, de manera objetiva, podamos reconocer que hay unos profesores más competentes que otros, pero siempre evitando descalificaciones.

- Puede ocurrir que nuestro hijo no encaje con un profesor determinado. Esta circunstancia podemos volverla a nuestro favor, explicando al hijo que es muy bueno aprender en la vida a convivir con personas de caracteres distintos o incompatibles con los nuestros. Hoy será en el colegio y en el futuro en u trabajo profesional.

- Debemos enseñar a nuestros hijos que, aunque perciban que tienen razón ante una actitud injusta de su profesor hacia ellos, por la autoridad que éste tiene dentro del aula no se le debe contestar en público. Más tarde que procuren aclararlo en privado.

- Es aconsejable que examinemos los comentarios acerca de los jefes o compañeros de trabajo. Podemos faltar al respeto, siendo incongruentes entre lo que decimos y hacemos ante nuestros hijos.

… y actuar

Aun cuando pensemos que se ha cometido una injusticia con nuestro hijo, no podemos ser irrespetuosos con el profesor. Lo primero es no dramatizar ni sobreprotegerlo. Debemos animarle a que solucione él mismo el problema. Si a pesar de esto el tutor no da su brazo a torcer, será bueno que indaguemos para tener las dos versiones y actuar en consecuencia, siempre con buenos modales.