Cambios psicológicos,
morales y religiosos
7. El cambio de
mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discusión las ideas
recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes, cuya impaciencia e
incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia
función en la vida social, desean participar rápidamente en ella. Por lo cual
no rara vez los padres y los educadores experimentan dificultades cada día
mayores en el cumplimiento de sus tareas.
Las instituciones,
las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del pasado, no siempre
se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una grave perturbación en el
comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de éste.
Las nuevas
condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por una parte, el
espíritu crítico más agudizado la purifica de un concepto mágico del mundo y de
residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesión verdaderamente
personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un sentido más
vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más numerosas se
alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la religión no
constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en
efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso científico y de un
cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra expresada
no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el
arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y la misma legislación
civil. Es lo que explica la perturbación de muchos.
LA IGLESIA Y LA VOCACIÓN DEL HOMBRE
Hay que responder a las mociones del Espíritu
11. El Pueblo de
Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el
Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con
sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de
Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la
entera vocación del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones
plenamente humanas.
El Concilio se
propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan la
máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores,
por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad
extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con
frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello necesitan
purificación.
¿Qué piensa del
hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben recomendarse para
levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último tiene la acción
humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan respuesta. Esta hará
ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la que aquél forma
parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la misión de la Iglesia
es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
El hombre, imagen de Dios
12. Creyentes y no
creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todos los bienes de la
tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos.
Pero, ¿qué es el
hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y se da sobre sí
mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí mismo como regla
absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la ansiedad se siguen
en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas dificultades, y,
aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que perfile la
verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y permita
conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación propias del
hombre.
La Biblia nos
enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con capacidad
para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de
la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios. ¿Qué
es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te
cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria
y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti
debajo de sus pies (Ps 8,
5-7).
Pero Dios no creó
al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre y mujer (Genl,27).
Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de
personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser
social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los
demás.
Dios, pues, nos
dice también la Biblia, miró
cuanto había hecho, y lo juzgó muy bueno (Gen1,31).
El pecado
13. Creado por
Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación del demonio, en el
propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y
pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Conocieron a Dios, pero
no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido corazón y prefirieron
servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación divina nos dice
coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando examina su corazón,
comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no
pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con frecuencia a reconocer
a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin
último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona
como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación.
Es esto lo que
explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la
colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el
mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de
domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de
sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para
liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al
príncipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la
esclavitud del pecado. El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su
propia plenitud.
A la luz de esta
Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el hombre experimenta
hallan simultáneamente su última explicación.
Formas y raíces del ateísmo
19. La razón más
alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con
Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios.
Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de
Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la
verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador.
Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta
íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo
uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con
toda atención.
La palabra
"ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios
expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que
someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como
inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente
los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan
sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que
dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la
afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imaginan un Dios por
ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni
siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer,
no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse
por el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta
contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del
carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente
como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí
por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el
acceso del hombre a Dios.
Quienes
voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las
cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no
carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de
responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es
un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las
que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y,
ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión
cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no
pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación
religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los
defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado
el genuino rostro de Dios y de la religión.
El ateísmo
sistemático
20. Con
frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual,
dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda
dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman
que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo,
el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede
conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo,
o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de
poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta
doctrina.
Entre las formas
del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre
principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que
la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación,
porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria,
apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso,
cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del
Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo
en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su
alcance el poder público.
Actitud de
la Iglesia ante el ateísmo
21. La Iglesia,
fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero
con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y
conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y
privan al hombre de su innata grandeza.
Quiere, sin
embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la mente
del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados por el
ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la Iglesia juzga
que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más profundo examen.
La Iglesia afirma
que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno a la dignidad humana,
ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su fundamento y perfección. Es Dios
creador el que constituye al hombre inteligente y libre en la sociedad. Y,
sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión con Dios y a la
participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la esperanza
escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más
bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el
contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la
dignidad humana sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia
sucede-, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor,
quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación.
Todo hombre
resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta obscuridad.
Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de
la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A este problema sólo
Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama al hombre a
pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.
El remedio del
ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad
de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y
como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y
purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra
principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder
percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires
dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su
fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e
impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado.
Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor
fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio
y se alzan como signo de unidad.
La Iglesia, aunque
rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que todos los
hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación de este
mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse sin un prudente y
sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre creyentes y
no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los derechos
fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para los
creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo también un
templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que consideren sin prejuicios
el Evangelio de Cristo.
La Iglesia sabe
perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos más profundos del
corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del hombre,
devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus destinos más altos. Su
mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida y libertad para el
progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del hombre es aquello que
"nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que
descanse en ti".
La promoción del bien común
26. La
interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universalización hacen
que el bien común -esto es, el conjunto de condiciones de la vida social que
hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más
pleno y más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez más, e
implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género humano.
Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas
aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien
común de toda la familia humana.
Crece al mismo
tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona humana, de su
superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes universales e
inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo que éste
necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el
vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado ya fundar una
familia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una
adecuada información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a
la protección de la vida privada y a la justa libertad también en materia
religiosa.
El orden social,
pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de
la persona, ya que el orden real debe someterse al orden personal, y no al
contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido
hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay que
desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia,
vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada
día más humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una
renovación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad.
El Espíritu de
Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiempos y renueva la
faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Y, por su parte, el fermento
evangélico ha despertado y despierta en el corazón del hombre esta irrefrenable
exigencia de la dignidad.
El respeto a
la persona humana
27. Descendiendo a
consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca el respeto al
hombre, de forma de cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al
prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios
necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se
despreocupó por completo del pobre Lázaro.
En nuestra época
principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y de servirlos con
eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado de todos,
o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o de ese desterrado, o
de ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él no cometió,
o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la palabra del
Señor: Cuantas veces hicisteis
eso a uno de estos mis hermanos menores, a mi me lo hicisteis. (Mt 25,40).
No sólo esto.
Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios,
aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad
de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales
o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende
a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones
arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de
blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al
operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a
la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras
parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana,
deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al
honor debido al Creador.
Respeto y
amor a los adversarios
28. Quienes
sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e
incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Cuanto
más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera de sentir,
mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.
Esta caridad y
esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad
y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de
la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre
debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la
persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en
materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del corazón humano. Por
ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás.
La doctrina de
Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto del amor se
extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley: «Habéis oído
que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo". Pero
yo os digo : "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y
orad por lo que os persiguen y calumnian"» (Mt5,43-44).
La igualdad
esencial entre los hombres y la justicia social
29. La igualdad
fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor.
Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen
la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo,
disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.
Es evidente que no
todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las
cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación
en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por
motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser
vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable
que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la
forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el
derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que
prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una cultura iguales a
las que se conceden al hombre.
Más aún, aunque
existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual dignidad
de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y más
justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y
sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma familia
humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la
persona humana y a la paz social e internacional.
Las instituciones
humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al servicio de la
dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra cualquier esclavitud
social o política y respeten, bajo cualquier régimen político, los derechos
fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben ir respondiendo
cada vez más a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas,
aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar al final deseado.
Hay que
superar la ética individualista
30. La profunda y
rápida transformación de la vida exige con suma urgencia que no haya nadie que,
por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con
una ética meramente individualista. El deber de justicia y caridad se cumple
cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según la propia capacidad y
la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las instituciones, así públicas
como privadas, que sirven para mejorar las condiciones de vida del hombre. Hay
quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero en realidad viven siempre
como si nunca tuvieran cuidado alguno de las necesidades sociales. No sólo
esto; en varios países son muchos los que menosprecian las leyes y las normas
sociales. No pocos, con diversos subterfugios y fraudes, no tienen reparo en
soslayar los impuestos justos u otros deberes para con la sociedad. Algunos
subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo, las referentes a la
higiene o las normas de la circulación, sin preocuparse de que su descuido pone
en peligro la vida propia y la vida del prójimo.
La aceptación de
las relaciones sociales y su observancia deben ser consideradas por todos como
uno de los principales deberes del hombre contemporáneo. Porque cuanto más se
unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre rebasan los límites de los
grupos particulares y se extiende poco a poco al universo entero. Ello es
imposible si los individuos y los grupos sociales no cultivan en sí mismo y
difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se
conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva
humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.
Responsabilidad
y participación
31. Para que cada
uno pueda cultivar con mayor cuidado el sentido de su responsabilidad tanto
respecto a sí mismo como de los varios grupos sociales de los que es miembro,
hay que procurar con suma diligencia una más amplia cultura espiritual,
valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el género humano
dispone hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes, sea el que sea el
origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme hombres y
mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso corazón, de
acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.
Pero no puede
llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan al hombre
condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia dignidad y
respondan a su vocación, entregándose a Dios ya los demás. La libertad humana
con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema necesidad, de la
misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por una vida
demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el contrario, la
libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la
vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la convivencia humana
y se obliga al servicio de la comunidad en que vive.
Es necesario por
ello estimular en todos la voluntad de participar en los esfuerzos comunes.
Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que la mayor parte de
los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública. Debe
tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y el necesario
vigor de la autoridad pública. Para que todos los ciudadanos se sientan
impulsados a participar en la vida de los diferentes grupos de integran el
cuerpo social, es necesario que encuentren en dichos grupos valores que los
atraigan y los dispongan a ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar
con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan
dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.
DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA
El
matrimonio y la familia en el mundo actual
47. El bienestar
de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a
la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos,
junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente
de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el fomento de
esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan a los esposos y
padres en el cumplimiento de su excelsa misión; de ellos esperan, además, los
mejores resultados y se afanan por promoverlos.
Sin embargo, la
dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor,
puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el
llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda
frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos
contra la generación. Por otra parte, la actual situación económico,
social-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la
familia. En determinadas regiones del universo, finalmente, se observan con
preocupación los problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual
suscita angustia en las conciencias. Y, sin embargo, un hecho muestra bien el
vigor y la solidez de la institución matrimonial y familiar: las profundas
transformaciones de la sociedad contemporánea, a pesar de las dificultades a
que han dado origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos, la
verdadera naturaleza de tal institución.
Por tanto el
Concilio, con la exposición más clara de algunos puntos capitales de la
doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los cristianos y a
todos los hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la intrínseca
dignidad del estado matrimonial y su valor eximio.
El carácter
sagrado del matrimonio y de la familia
48. Fundada por el
Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de
vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su
consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los
esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una
institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al
bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la
decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha
dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la
continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la
familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de
la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la
institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a
la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su
corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal
ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6),
con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen
mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más
plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que
el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble
unidad.
Cristo nuestro
Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina
de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque
así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de
amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la
Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento
del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua
entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se
entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se
rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la
Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos
en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos
cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y
como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su
misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su
vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a
su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la glorificación de
Dios.
Gracias
precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración en
familia, los hijos y aun los demás que viven en el círculo familiar encontrarán
más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad.
En cuanto a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre y
de madre, realizarán concienzudamente el deber de la educación, principalmente
religiosa, que a ellos, sobre todo, compete.
Los hijos, como
miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de
los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la confianza
corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos, los
asistirán en las dificultades de la existencia y en la soledad, aceptada con
fortaleza de ánimo, será honrada por todos. La familia hará partícipes a otras
familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la familia
cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de
la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia
viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por
el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por
la cooperación amorosa de todos sus miembros.
Del amor
conyugal
49. Muchas veces a
los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y
fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único.
Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y
mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de los
pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de
persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la
persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las
expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y
señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este
amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad.
Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un
don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura,
e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se
perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica,
que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
Esta amor se
expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por
ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son
honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y
favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de
gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo,
por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la
prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo
adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad
personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también
claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente
con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una
insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de
santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el
espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.
Se apreciará más
hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana
acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su
fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus
hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social
en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a tiempo
y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y
esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en el culto
de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al
matrimonio.
Fecundidad
del matrimonio
50. El matrimonio
y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y
educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del
matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres. El mismo
Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gen 2,18), y que "desde el principio
... hizo al hombre varón y mujer" (Mt 19,4), queriendo comunicarle una
participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la
mujer diciendo: "Creced y multiplicaos" (Gen 1,28). De aquí que el cultivo
auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él
deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a
los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y
del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su
propia familia.
En el deber de
transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su
propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador
y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana
cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de
común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto
a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por
venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida
tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuanta el bien
de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este
juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente.
En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden
proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, lo cual
ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que
interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha ley divina
muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a la
perfección genuinamente humana del mismo. Así, los esposos cristianos,
confiados en la divina Providencia cultivando el espíritu de sacrificio,
glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa,
humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los
cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son
dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado,
aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.
Pero el matrimonio
no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la propia
naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole
requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste,
progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la descendencia, tan
deseada muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como intimidad y
comunión total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.
El amor
conyugal debe compaginarse
con el respeto a la vida humana
51. El Concilio
sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia
se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y
pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al manos por
ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena
intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad
conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fidelidad y
quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la educación de los
hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan quedan en peligro.
Hay quienes se
atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera
retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede
hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión
obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.
Pues Dios, Señor
de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida,
misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida
desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y
el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual del hombre y la
facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los
grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida
conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con
gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la
responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende
solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe
determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y
de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de
la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible
sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los
hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el
Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la regulación de la
natalidad.
Tengan todos
entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla no se limita a
este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo nivel, sino que
siempre mira el destino eterno de los hombres.
El progreso
del matrimonio y de la familia, obra de todos
52. La familia es
escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y
misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión de propósitos entre
los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la educación de los
hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de
los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre en el hogar, que
necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso a un lado la
legítima promoción social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal,
que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad,
seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es el
matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y
económicas adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los
jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto, al tratar de
fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacción directa o indirecta
que les lleve a casarse o a elegir determinada persona.
Así, la familia,
en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una
mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás
exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello
todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir
eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de
considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del
matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad
pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el derecho
de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos. Se
debe proteger con legislación adecuada y diversas instituciones y ayudar de
forma suficiente a aquellos que desgraciadamente carecen del bien de una
familia propia.
Los cristianos,
rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo pasajero,
promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia así con el
testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los hombres de
buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satisfarán las
necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiempos. Para
obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta
conciencia moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las personas
versadas en las ciencias sagradas.
Los científicos,
principalmente los biólogos, los médicos, los sociólogos y los psicólogos,
pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de
las conciencias si se esfuerzan por aclarar más a fondo, con estudios
convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenación de
la procreación humana.
Pertenece a los
sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia, fomentar la
vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos medios
pastorales, con la predicación de la palabra de Dios, con el culto litúrgico y
otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en las
dificultades y confortarlos en la caridad para que formen familias realmente
espléndidas.
Las diversas
obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo el empeño
posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principalmente a los
recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la vida
familiar, social y apostólica.
Los propios
cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el
verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar
idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de
vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean
testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección
reveló al mundo.
El hombre, autor de la
cultura
55. Cada día es
mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o nación, que tienen
conciencia de que son ellos los autores y promotores de la cultura de su
comunidad. En todo el mundo crece más y más el sentido de la autonomía y al
mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme importancia para la
madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve más claro si fijamos
la mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos impone de
edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera somos
testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda
definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la
historia.
CAPÍTULO
III
LA VIDA
ECONÓMICO-SOCIAL
Algunos aspectos de la vida económica
63. También en la vida económico-social deben
respetarse y promoverse la dignidad de la persona humana, su entera vocación y
el bien de toda la sociedad. Porque el hombre es el autor, el centro y el fin
de toda la vida económico- social.
La economía moderna, como los
restantes sectores de la vida social, se caracteriza por una creciente
dominación del hombre sobre la naturaleza, por la multiplicación e
intensificación de las relaciones sociales y por la interdependencia entre
ciudadanos, asociaciones y pueblos, así como también por la cada vez más
frecuente intervención del poder público.
Por
otra parte, el progreso en las técnicas de la producción y en la organización
del comercio y de los servicios han convertido a la economía en instrumento
capaz de satisfacer mejor las nuevas necesidades acrecentada de la familia
humana.
Sin embargo, no faltan motivos de inquietud.
Muchos hombres, sobre todo en regiones económicamente desarrolladas, parecen
garza por la economía, de tal manera que casi toda su vida personal y social
está como teñida de cierto espíritu economista tanto en las naciones de
economía colectivizada como en las otras.
En
un momento en que el desarrollo de la vida económica, con tal que se le dirija
y ordene de manera racional y humana, podría mitigar las desigualdades
sociales, con demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y a
veces hasta un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y un
desprecio de los pobres. Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo
estrictamente necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven
en la opulencia y malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la
miseria. Y mientras unos pocos disponen de un poder amplísimo de decisión,
muchos carecen de toda iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo con
frecuencia en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana.
Tales desequilibrios económicos y sociales se
producen tanto entre los sectores de la agricultura, la industria y los servicios,
por un parte, como entre las diversas regiones dentro de un mismo país. Cada
día se agudiza más la oposición entre las naciones económicamente desarrolladas
y las restantes, lo cual puede poner en peligro la misma paz mundial.
Los hombres de nuestro tiempo son cada día más
sensibles a estas disparidades, porque están plenamente convencidos de que la
amplitud de las posibilidades técnicas y económicas que tiene en sus manos el
mundo moderno puede y debe corregir este lamentable estado de cosas.Por ello
son necesarias muchas reformas en la vida económico-social y un cambio de
mentalidad y de costumbres en todos. A este fin, la Iglesia, en el transcurso
de los siglos, a la luz del Evangelio, ha concretado los principios de justicia
y equidad, exigidos por la recta razón, tanto en orden a la vida individual y
social como en orden a la vida internacional, y los ha manifestado
especialmente en estos últimos tiempos. El Concilio quiere robustecer estos
principios de acuerdo con las circunstancias actuales y dar algunas
orientaciones, referentes sobre todo a las exigencias del desarrollo económico.
Sección I.- El desarrollo económico
Ley fundamental del desarrollo: el servicio
del hombre
64. Hoy más que nunca, para hacer frente al
aumento de población y responder a las aspiraciones más amplias del género
humano, se tiende con razón a un aumento en la producción agrícola e industrial
y en la prestación de los servicios.
Por
ello hay que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación, el afán
por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptación de los métodos productivos,
el esfuerzo sostenido de cuantos participan en la producción; en una palabra,
todo cuanto puede contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamental de esta
producción no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio, ni el
poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuanta sus
necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales y
religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción
de raza o continente. De esta forma, la actividad económica debe ejercerse
siguiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para
que se cumplan así los designios de Dios sobre el hombre.
El desarrollo económico, bajo el control
humano
65. El desarrollo debe permanecer bajo el control
del hombre. No debe quedar en manos de unos pocos o de grupos económicamente
poderosos en exceso, ni tampoco en manos de una sola comunidad política o de
ciertas naciones más poderosas.
Es
preciso, por el contrario, que en todo nivel, el mayor número posible de
hombres, y en el plano internacional el conjunto de las naciones, puedan tomar
parte activa en la dirección del desarrollo. Asimismo es necesario que las
iniciativas espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres
colaboren con los esfuerzos de las autoridades públicas y se coordinen con
éstos de forma eficaz y coherente.
No se puede confiar el desarrollo ni al solo
proceso casi mecánico de la acción económica de los individuos ni a la sola
decisión de la autoridad pública. Por este motivo hay que calificar de falsas
tanto las doctrinas que se oponen a las reformas indispensables en nombre de
una falsa libertad como las que sacrifican los derechos fundamentales de la
persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción.
Recuerden, por otra parte, todos los ciudadanos el
deber y el derecho que tienen, y que el poder civil ha de reconocer, de
contribuir, según sus posibilidades, al progreso de la propia comunidad.
En los países menos desarrollados,
donde se impone el empleo urgente de todos los recursos, ponen en grave peligro
el bien común los que retienen sus riquezas improductivamente o los que
-salvado el derecho personal de emigración- privan a su comunidad de los medios
materiales y espirituales que ésta necesita.
Han de eliminarse las enormes desigualdades
económico-sociales
66. Para satisfacer las exigencias de la justicia
y de la equidad hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que, dentro del
respeto a los derechos de las personas y a las características de cada pueblo,
desaparezcan lo más rápidamente posible las enormes diferencias económicas que
existen hoy, y frecuentemente aumentan, vinculadas a discriminaciones individuales
y sociales.
De igual manera, en
muchas regiones, teniendo en cuanta las peculiares dificultades de la
agricultura tanto en la producción como en la venta de sus bienes, hay que
ayudar a los labradores para que aumenten su capacidad productiva y comercial,
introduzcan los necesarios cambios e innovaciones, consigan una justa ganancia
y no queden reducidos, como sucede con frecuencia, a la situación de ciudadanos
de inferior categoría. Los propios agricultores, especialmente los jóvenes,
aplíquense con afán a perfeccionar su técnica profesional, sin la que no puede
darse el desarrollo de la agricultura.
La justicia y la equidad exigen también que la
movilidad, la cual es necesaria en una economía progresiva, se ordene de manera
que se eviten la inseguridad y la estrechez de vida del individuo y de su
familia.
Con respecto a los
trabajadores que, procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en
el crecimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con
sumo cuidado toda discriminación en materia de remuneración o de condiciones de
trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben
considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de
producción; deben ayudarlos para que traigan junto a sí a sus familiares, se
procuren un alojamiento decente, y a favorecer su incorporación a la vida
social del país o de la región que los acoge. Sin embargo, en cuanto sea
posible, deben crearse fuentes de trabajo en las propias regiones.
En las economías en período de transición, como
sucede en las formas nuevas de la sociedad industrial, en las que, v.gr., se
desarrolla la autonomía, en necesario asegurar a cada uno empleo suficiente y
adecuado: y al mismo tiempo la posibilidad de una formación técnica y
profesional congruente. Débense garantizar la subsistencia y la dignidad humana
de los que, sobre todo por razón de enfermedad o de edad, se ven aquejados por
graves dificultades.
Sección 2.- Algunos principios reguladores del
conjunto de la vida económico-social
Trabajo, condiciones de trabajo, descanso
67. El trabajo humano que se ejerce en
la producción y en el comercio o en los servicios es muy superior a los
restantes elementos de la vida económico, pues estos últimos no tienen otro
papel que el de instrumentos.
Pues el trabajo humano, autónomo o dirigido,
procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia
sobre la que trabaja y la somete a su voluntad. Es para el trabajador y para su
familia el medio ordinario de subsistencia; por él el hombre se une a sus
hermanos y les hace un servicio, puede practicar la verdadera caridad y
cooperar al perfeccionamiento de la creación divina.
No sólo esto. Sabemos que, con la
oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora
de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobre eminente laborando con
sus propias manos en Nazaret. De aquí se deriva para todo hombre el deber de
trabajar fielmente, así como también el derecho al trabajo. Y es deber de la
sociedad, por su parte, ayudar, según sus propias circunstancias, a los
ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente.
Por último, la remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a
su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual,
teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así
como las condiciones de la empresa y el bien común.
La actividad económica es de ordinario fruto del
trabajo asociado de los hombres; por ello es injusto e inhumano organizarlo y
regularlo con daño de algunos trabajadores. Es, sin embargo, demasiado
frecuente también hoy día que los trabajadores resulten en cierto sentido
esclavos de su propio trabajo.
Lo
cual de ningún modo está justificado por las llamadas leyes económicas. El
conjunto del proceso de la producción debe, pues, ajustarse a las necesidades
de la persona y a la manera de vida de cada uno en particular, de su vida
familiar, principalmente por lo que toca a las madres de familia, teniendo
siempre en cuanta el sexo y la edad. Ofrézcase, además, a los trabajadores la
posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo
del trabajo. Al aplicar, con la debida responsabilidad, a este trabajo su
tiempo y sus fuerzas, disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso
suficiente que les permita cultivar la vida familiar, cultural, social y
religiosa. Más aún, tengan la posibilidad de desarrollar libremente las
energías y las cualidades que tal vez en su trabajo profesional apenas pueden
cultivar.
Participación en la empresa y en la
organización
general de la economía. Conflictos
laborales
68. En las empresas económicas son personas las
que se asocian, es decir, hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios.
Por ello, teniendo en cuanta las funciones de cada uno, propietarios,
administradores, técnicos, trabajadores, y quedando a salvo la unidad necesaria
en la dirección, se ha de promover la activa participación de todos en la
gestión de la empresa, según formas que habrá que determinar con acierto.
Con todo, como en muchos casos no es a
nivel de empresa, sino en niveles institucionales superiores, donde se toman
las decisiones económicas y sociales de las que depende el porvenir de los
trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores participar también en
semejantes decisiones por sí mismos o por medio de representantes libremente
elegidos.
Entre los derechos fundamentales de la persona
humana debe contarse el derecho de los obreros a fundar libremente asociaciones
que representen auténticamente al trabajador y puedan colaborar en la recta
ordenación de la vida económica, así como también el derecho de participar
libremente en las actividades de las asociaciones sin riesgo de represalias.
Por medio de esta ordenada participación,
que está unida al progreso en la formación económica y social, crecerá más y
más entre todos el sentido de la responsabilidad propia, el cual les llevará a
sentirse colaboradores, según sus medios y aptitudes propias, en la tarea total
del desarrollo económico y social y del logro del bien común universal.
En caso de conflictos económico-sociales, hay que
esforzarse por encontrarles soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir
siempre primero a un sincero diálogo entre las partes, sin embargo, en la
situación presente, la huelga puede seguir siendo medio necesario, aunque
extremo, para la defensa de los derechos y el logro de las aspiraciones justas
de los trabajadores. Búsquense, con todo, cuanto antes, caminos para negociar y
para reanudar el diálogo conciliatorio.
Los bienes de la tierra están destinados a
todos los hombres
69. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella
contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes
creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y
con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas de la propiedad,
adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias
diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de
los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas
exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como
comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a
los demás. Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente
para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde. Es
éste el sentir de los Padres y de los doctores de la Iglesia, quienes enseñaron
que los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con
los bienes superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene
derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay
tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge
a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los
Padres: Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas,
según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando
en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan
ayudarse y desarrollarse por sí mismos.
En sociedades económicamente menos desarrolladas,
el destino común de los bienes está a veces en parte logrado por un conjunto de
costumbres y tradiciones comunitarias que aseguran a cada miembro los bienes
absolutamente necesarios. Sin embargo, elimínese el criterio de considerar como
en absoluto inmutables ciertas costumbres si no responden ya a las nuevas
exigencias de la época presente; pero, por otra parte, conviene no atentar
imprudentemente contra costumbres honestas que, adaptadas a las circunstancias
actuales, pueden resultar muy útiles. De igual manera, en las naciones de
economía muy desarrollada, el conjunto de instituciones consagradas a la
previsión y a la seguridad social puede contribuir, por su parte, al destino
común de los bienes. Es necesario también continuar el desarrollo de los
servicios familiares y sociales, principalmente de los que tienen por fin la
cultura y la educación. Al organizar todas estas instituciones debe cuidarse de
que los ciudadanos no vayan cayendo en una actitud de pasividad con respecto a
la sociedad o de irresponsabilidad y egoísmo.
Inversiones y política monetaria
70. Las inversiones deben orientarse a asegurar
posibilidades de trabajo y beneficios suficientes a la población presente y
futura. Los responsables de las inversiones y de la organización de la vida
económica, tanto los particulares como los grupos o las autoridades públicas,
deben tener muy presentes estos fines y reconocer su grave obligación de
vigilar, por una parte, a fin de que se provea de lo necesario para una vida
decente tanto a los individuos como a toda la comunidad, y, por otra parte, de
prever el futuro y establecer un justo equilibrio entre las necesidades
actuales del consumo individual y colectivo y las exigencias de inversión para
la generación futura. Ténganse, además, siempre presentes las urgentes
necesidades de las naciones o de las regiones menos desarrolladas económicamente.
En materia de política monetaria cuídese no dañar al bien de la propia nación o
de las ajenas. Tómense precauciones para que los económicamente débiles no
queden afectados injustamente por los cambios de valor de la moneda.
Acceso a la propiedad y dominio de los
bienes.
Problema de los latifundios
71. La propiedad, como las demás formas de dominio
privado sobre los bienes exteriores, contribuye a la expresión de la persona y
le ofrece ocasión de ejercer su función responsable en la sociedad y en la
economía. Es por ello muy importante fomentar el acceso de todos, individuos y
comunidades, a algún dominio sobre los bienes externos.
La propiedad privada o un cierto dominio sobre los
bienes externos aseguran a cada cual una zona absolutamente necesaria para la
autonomía personal y familiar y deben ser considerados como ampliación de la
libertad humana. Por último, al estimular el ejercicio de la tarea y de la
responsabilidad, constituyen una de las condiciones de las libertades civiles.
Las formas de este dominio o propiedad son hoy
diversas y se diversifican cada día más. Todas ellas, sin embargo, continúan
siendo elemento de seguridad no despreciable aun contando con los fondos
sociales, derechos y servicios procurados por la sociedad. Esto debe afirmarse
no sólo de las propiedades materiales, sino también de los bienes inmateriales,
como es la capacidad profesional.
El derecho de propiedad privada no es incompatible
con las diversas formas de propiedad pública existentes. El paso de bienes a la
propiedad pública sólo puede ser hecha por la autoridad competente de acuerdo
con las exigencias del bien común y dentro de los límites de este último,
supuesta la compensación adecuada. A la autoridad pública toca, además, impedir
que se abuse de la propiedad privada en contra del bien común.
La misma propiedad privada tiene también, por su
misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común
de los bienes. Cuando esta índole social es descuidada, la propiedad muchas
veces se convierte en ocasión de ambiciones y graves desórdenes, hasta el punto
de que se da pretexto a sus impugnadores para negar el derecho mismo.
En muchas regiones económicamente menos
desarrolladas existen posesiones rurales extensas y aun extensísimas
mediocremente cultivadas o reservadas sin cultivo para especular con ellas,
mientras la mayor parte de la población carece de tierras o posee sólo parcelas
irrisorias y el desarrollo de la producción agrícola presenta caracteres de
urgencia. No raras veces los braceros o los arrendatarios de alguna parte de
esas posesiones reciben un salario o beneficio indigno del hombre, carecen de
alojamiento decente y son explotados por los intermediarios. Viven en la más
total inseguridad y en tal situación de inferioridad personal, que apenas
tienen ocasión de actuar libre y responsablemente, de promover su nivel de vida
y de participar en la vida social y política. Son, pues, necesarias las
reformas que tengan por fin, según los casos, el incremento de las
remuneraciones, la mejora de las condiciones laborales, el aumento de la
seguridad en el empleo, el estímulo para la iniciativa en el trabajo; más
todavía, el reparto de las propiedades insuficientemente cultivadas a favor de
quienes sean capaces de hacerlas valer. En este caso deben asegurárseles los
elementos y servicios indispensables, en particular los medios de educación y
las posibilidades que ofrece una justa ordenación de tipo cooperativo. Siempre
que el bien común exija una expropiación, debe valorarse la indemnización según
equidad, teniendo en cuanta todo el conjunto de las circunstancias.
La actividad económico-social y el reino de
Cristo
72. Los cristianos que toman parte activa en el
movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y
caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la
humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este
campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia que son
absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de
valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida,
así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las
bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la pobreza.
Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el
reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a
todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración
de la caridad.